LA
GRANDEZA DE LO PEQUEÑO
2 DE ENERO DEL 2018
El teléfono celular sonó a las 5: 32 a.m., hora en que el
sueño más placentero toma posesión de nuestro ser, me habló alguien a quien no
pude descifrarle la voz en ese momento. Me dijo que estaban en la plaza del
pueblo, esperándome para comenzar el ascenso. Tiempo más tarde supe que había
sido Jose Eduardo Fuentes, hijo del popular “piki” y heredero de todo un legado
musical. Con “Pinillo”, como de cariño le decimos sus compinches compartí casi
la mayoría de años durante el bachillerato y al igual que varios compañeros,
fue uno de los que conformaron la base de alumnos de la promoción 2015 del
colegio San José de La Paz, Cesar. Seguidamente escuché la voz en tono de
premura y convicción de “La chiquita”, Karina Villazón, hija del “Pambe” y
Sugelis Bolaño-¿vas a ir con nosotros? sube, te esperamos. Menos mal y el
tamaño de tus piernas te permiten llegar rápido-, afirmó. Salté de la cama y le
contesté que si iría, aunque el sueño se apoderaba de mí; le aseguré que no
había escuchado la alarma y por tal razón se me había hecho tarde para
encontrarme con ellos. Con el buen humor que siempre genera la forma de hablar
de la “chiquita” terminé de alistarme con ropa deportiva y salí al encuentro
con los muchachos. Durante el tiempo de desplazamiento hasta la plaza, hablaba
con Dios y le encomendaba las actividades del día. Al llegar, faltando 10 para
las 6 al punto de encuentro, además de Jose Eduardo y Karina, se encontraban: Maria
José Oñate, Arianna Araujo, Yeison Herrera, Yeiner Herrera (Hermano de Yeison),
Génesis Trespalacios, Andrés López, Ricardo Ferias y Andrés Maestre, con
quienes también compartí gran parte del contexto escolar entre el 2010 y el
2015.
A las 6 a.m., llegó el último compañero que estábamos
esperando: Moisés Vargas Gómez y al instante nos pusimos en marcha para subir
al popular “Cerro de La paz” en dirección del barrio “Las Flores”. Acompañados
de un clima favorable y por supuesto, de nuestro omnipresente sustentador,
compartimos chistes, juegos y anécdotas de nuestra vida escolar. Faltando 20
minutos para las 7, ya habíamos conquistado la cima del cerro. Varios se
hallaban exhaustos; como la “chiquita”, a quien bromeando le dije que por cada
minuto quemaba 40 calorías y las carcajadas no se hicieron esperar. Todos
disfrutamos de las brisas del mirador y de la imponente panorámica que brinda
aquel espacio de la naturaleza, desde donde es posible vislumbrar las montañas
del oriente y maravillarse de inigualables salidas del sol, es un lugar donde
nadie puede dejar de reconocer la belleza y perfección de un Dios creador.
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| Mirador del cerro de La Paz De izquierda a derecha: Yeiner, Yeison, Alexander, Moisés, Karina, Andrés Maestre, Jose Eduardo, Andrés Lopez, Maria José, Arianna, Ricardo y la fotógrafa Génesis. |
A eso de las 7: 15 resolvimos comenzar el descenso por un
camino que nos condujo hasta la entrada del balneario “El Chorro”. Después de
hacer una pequeña escala en este lugar caminamos aproximadamente media hora
hasta llegar al denominado “Pozo de la Hornilla”, nos resignamos a pasar el
rato sin nada de comida, puesto que no hicimos provisión y cerca de la allí no
encontramos una tienda para comprar al menos unos panes y calmar el hambre. En el camino hacia la “Hornilla” nos acaecieron
dos situaciones: nos encontramos con una vacada furiosa, que nos obligó a
saltar una cerca para luego retomar el camino; entre risas y sustos continuamos
el recorrido, dos perros que cuidaban la leche de sus amos salieron a nuestro
encuentro más adelante. La mayoría del grupo, sin mayor peligro logró pasar
cerca de los caninos sin levantar sospecha en ellos, mientras me detuve a tomar
algunas fotos, quedé separado relativamente del resto de mis compañeros. El
perro más grande se apresuró hacia mi humanidad en carrera y ladrando, lo vi
desgarrar mis carnes, pero como si algo lo hubiese detenido, cuando se paró a
mi lado, afortunadamente se limitó a oler mi pantalón y enseguida se marchó, de
manera que volví a unirme al grupo y continuar la caminata. –Logró intimidarme,
el verraco perro ese, apenas lo vi que venía hacia mí, los nervios me hicieron
quedar paralizado-, les afirmé entre risas.
Desde las 8:30 hasta las 10:15, disfrutamos un refrescante
baño en el pozo y antes de regresarnos, les hice saber cuán gratificado me
encontraba por la oportunidad de compartir ese momento con ellos, compartimos
una historia con lección espiritual y moral, además agradecimos a Dios con una
oración por sus cuidados y le entregué la vida de cada uno de mis compañeros.
Esto surgió por la necesidad que Dios puso en mi corazón de llevarlo a cabo.
Cuando culminamos la oración el sol ya asomaba con brillo impetuoso.
A las 10: 30, con bostezos de sueño, hambre y sed
despegamos de “La Hornilla” y pronto salimos a la vía principal. Caminamos
durante media hora más hasta llegar a una tienda cerca al “Chorro”, donde se
hizo la vaca para comprar panes con gaseosa y después de mitigar un poco la
necesidad del alimento, cada uno tomó el camino rumbo a sus casas.
En la meditación que compartí con los muchachos, les aseveré:
“La vida está hecha de pequeños momentos, que constituyen su misma esencia. Le
he pedido a Dios que me permita ser consciente del valor de esos buenos
momentos, es mi deber y es su deber reconocer a Dios más allá de los instantes
o los sucesos y glorificar a quien nos sustenta cada día”. Al deseo de Dios de hacernos felices a través
de las cosas sencillas y la enseñanza de la incalculable riqueza de las
minuciosidades de la vida, es lo que yo denomino: “la grandeza de lo pequeño”.
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| Pozo de la "Hornilla". Vía a Manaure- Cesar |


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